La enfermedad tromboembólica venosa (ETV) comprende la embolia de pulmón (EP) y la trombosis venosa profunda (TVP) y es la tercera enfermedad cardiovascular más frecuente tras la enfermedad coronaria y el ictus. Su incidencia aproximada es de 1-2 por mil pacientes/año, con presentación en forma de TVP en 2/3 de los casos y de EP en 1/3 (con o sin síntomas de TVP), afectando por igual a hombres y mujeres [1-3]. El 75% de los casos de ETV son primeros episodios y el 25% recurrencias. Entre los casos de TVP, el 90% se produce en los miembros inferiores, el 5% en los miembros superiores o venas centrales y el 5% en sitios inusuales como las venas esplácnicas o cerebrales.

La ETV presenta una elevada mortalidad aunque con cifras muy variables según qué subgrupos de pacientes se consideren (8,6% – 30% mortalidad global y 3,3% de mortalidad directamente atribuible a EP en los primeros 30 días) [4, 5],  y morbilidad (20-50% de síndrome postrombótico en pacientes con TVP y hasta un 2-4% de hipertensión pulmonar tromboembólica crónica (HTPTEC) tras la EP) [6, 7], y es tributaria de un tratamiento muy efectivo, el tratamiento anticoagulante, que hace que la enfermedad recurra solamente en el 2-3,4% de los pacientes que lo reciben [8, 9] . No obstante, este tratamiento es agresivo puesto que tiene como importante efecto secundario el sangrado a diferentes niveles que puede ser severo o mortal, y por ello es totalmente necesario realizar un diagnóstico preciso y fiable de la enfermedad.

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