Las personas que vemos y tratamos en nuestra práctica clínica nos dejan meternos en sus vidas, sus amores, sus rutinas, sus necesidades, sus miedos, sus anhelos… Nos permiten darles la mano por el camino que andan y nosotros tenemos la obligación de acompañarlos desde el amor y la esperanza, ayudándonos de todo nuestro conocimiento clínico y científico, creando un encuentro genuino con el otro.

La enfermedad irrumpe en la vida de nuestros pacientes y de sus familias de forma inesperada y unida, casi siempre, a un nivel de dolor y sufrimiento elevado. Los pacientes y sus familias tienen que hacer frente a diagnósticos, tratamientos, continuas pruebas, tiempos prolongados en el hospital, incapacidad laboral, disminución de actividades y, muchas veces, al proceso final de la vida. Todo esto pone en juego su capacidad de adaptación y provoca cambios tanto a nivel físico como psicológico. Es más, los niveles elevados de estrés pueden afectar de manera significativa a su situación física.

La comunicación es la base de la relación paciente-familia-sanitario que se da durante todo el complejo proceso de la enfermedad. Esta comunicación, cuando es continua, progresiva, dinámica y tiene en cuenta las necesidades del otro, ayuda a disminuir las reacciones negativas en los pacientes y su familia, ayuda a mejorar el cumplimiento de las prescripciones médicas y aumenta la eficacia terapéutica de las intervenciones y sus tratamientos. Del mismo modo, cuando es abrupta, solo tiene el objetivo de informar (no se produce un encuentro con la otra persona) y no tiene en cuenta las necesidades del otro, provoca aislamiento, un aumento de las reacciones emocionales negativas, desconfianza en el personal sanitario y, en algunos casos, la no adherencia a los tratamientos propuestos.

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